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EL EXTRANJERO. ALBERT CAMUS

En literatura universal hemos leído un fragmento sobre El extranjero, una novela del francés Albert Camus publicada en 1942, en la cual el personaje principal nos cuenta lo que debería ser la dolorosa experiencia de enfrentarse a la muerte de una madre, sin embargo no parece vivirla de la misma manera.



Si analizamos esta novela podemos obtener distintos temas:

  • La indiferencia: que se refleja en el comportamiento del protagonista ante la muerte de su madre, la cual parece no afectarle en absoluto, como si reprimiese todo lo que siente y no quiera verse afectado.
  • La alienación: que se manifiesta en la falta de empatía del personaje principal hacia los demás personajes de la novela y en la distancia que mantiene con su entorno.
  • Represión de sentimientos: el protagonista no mostrará sentimiento alguno de injusticia, arrepentimiento o lástima. Su pasividad y escepticismo recorren su comportamiento, y su sentido apático de la existencia y la muerte es evidente.
Os dejo un fragmento muy interesante con el cual reflexionar y sacar vuestras propias conclusiones:

Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo: «Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas
condolencias.» Pero no quiere decir nada. Quizá haya sido ayer.
El asilo de ancianos está en Marengo, a ochenta kilómetros de Argel. Tomaré el autobús a las dos y llegaré por la tarde. De esa
manera podré velarla, y regresaré mañana por la noche. Pedí dos días de licencia a mi patrón y no pudo negármelos ante una
excusa semejante. Pero no parecía satisfecho. Llegué a decirle: «No es culpa mía.» No me respondió. Pensé entonces que no
debía haberle dicho esto. Al fin y al cabo, no tenía por qué excusarme. Más bien le correspondía a él presentarme las
condolencias. Pero lo hará sin duda pasado mañana, cuando me vea de luto. Por ahora, es un poco como si mamá no estuviera
muerta. Después del entierro, por el contrario, será un asunto archivado y todo habrá adquirido aspecto más oficial.
Tomé el autobús a las dos. Hacía mucho calor. Comí en el restaurante de Celeste como de costumbre. Todos se condolieron
mucho de mí, y Celeste me dijo: «Madre hay una sola.» Cuando partí, me acompañaron hasta la puerta. Me sentía un poco
aturdido pues fue necesario que subiera hasta la habitación de Manuel para pedirle prestados una corbata negra y un brazal. El
perdió a su tío hace unos meses.
Corrí para alcanzar el autobús. Me sentí adormecido sin duda por la prisa y la carrera, añadidas a los barquinazos, al olor a
gasolina y a la reverberación del camino y del cielo. Dormí casi todo el trayecto. Y cuando desperté, estaba apoyado contra un
militar que me sonrió y me preguntó si venía de lejos. Dije «sí» para no tener que hablar más.


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